Israel Galván, 10 años de 'La Edad de Oro'


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Diez años ya, doscientas sesenta actuaciones, desde el estreno de La Edad de Oro. Un título abierto, sí. Por un lado remitía a la época dorada del flamenco y de cualquier arte deberíamos decir, el tiempo áureo. Pero también, por la singularidad del Israel Galván de entonces, un heterodoxo, remitía a la famosa película de Luis Buñuel y sus intenciones de hacer protagonistas a los gusanos que devoraban la gran manzana del flamenco. El tiempo amarillo. Orín y dorado el metal, por el paso del tiempo.

También, es bueno recordarlo, se estaba en otras urgencias. En la época de los grandes espectáculos, volver al formato tradicional, sin palmeros, sin cajones, sin papel cuché. La gente de A Negro producciones empezaban a encargarse de la compañía. Racionalizar, pensar en los nuevos públicos, inaugurar otra jerga flamenca. Economizar, que no es sólo una cuestión de dineros. 

Y bailar el cante; bailar sobre la letra y la música del cante; librar al cante y a la guitarra de la métrica del baile y recuperarlos. Por eso fueron tan importantes, desde primera hora, la guitarra de Alfredo Lagos y el cante de Fernando Terremoto. Después han venido más: David Lagos, Tomás de Perrate, Arcángel, Segundo Falcón,  Cristian Guerrero, El Niño de Elche. Pedro Sierra también estuvo alguna vez a la guitarra. ¡Hasta David Morales tuvo que sustituir, en cierta ocasión, a Israel Galván, enfermo, en Libreville!

Pero creo que lo importante de La Edad de Oro ha sido su condición de laboratorio. A lo largo de estos años Israel Galván ha cambiado mucho el espectáculo, si es que tal nombre no resulta siempre excesivo cuando hablamos de baile. Y aquí se trata de bailar, del trabajo íntimo del baile. Los gestos de Israel Galván se han ido desarrollando por todo tipo de orillas: Arena, El final de este estado de cosas, Tabula Rasa, La Curva, Lo Real. 

La Edad de Oro sirvió para ensayar allí, con naturaleza flamenca, todo el repertorio de gestos y cuerpos y voces que el propio Israel Galván iba inventando. Recuerdo que Maria Reggiani preparaba El acento andaluz, el documental sobre Israel Galván de la cadena Arte, que había visto un año antes de ir a filmar. Cuando las cámaras estaban preparadas, todo había cambiado, se trataba ya de otra cosa, de otro repertorio de figuras. Las cámaras debían de ir ahora a tierra. La tierra temblaba. Sobraba el aire y había que mirar la vibración del suelo para entender ese momento del baile de Israel Galván.

Detengámonos un momento en Fernando Terremoto. Ya saben que el sobrenombre artístico le viene a la familia por su tío, el bailaor, el que hacía temblar el suelo como un seísmo. De conversaciones así nació el famoso suelo de la seguiriya en El final de este estado de cosas. Tengo que decirlo, ¡nunca he disfrutado tanto del baile de Israel Galván que cuando le cantaba Terremoto en La Edad de Oro! Los quiebros de la voz se ajustaban al cuerpo de Israel Galván como una segunda piel. ¡Qué violencia la de aquellos cuerpos! Eros y Tánatos. Todavía lloramos la muerte de Fernando Terremoto. Su bonhomía.

Ya lo he dicho antes. Lejos de ser una función melancólica, nostálgica o pasadista, La Edad de Oro remite a un estado del tiempo en evolución constante. Israel Galván ha pasado de ser una amenaza, a resultar la más clara encarnación de la danza flamenca. Un bailaor, un bailarín, un performer. La crítica ha pasado del vituperio al ditirambo. Un nuevo público entiende su baile, lo estudia, lo “critica”, recuperando para la palabra las cualidades de sapiencia que nunca debió haber perdido. Pero no se preocupen ustedes, el tiempo sigue avanzando. Hay más Israel Galván. Miren el nuevo cimbreo de su cuerpo, las marcas que le dejan minutos y horas, la pausa acompasada de algunos gestos renovados. 

La Edad de Oro es siempre un tiempo nuevo.

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